Como es de costumbre, sueña una vez mas con aquello que podría denominarse "pesadilla" para cualquier otra persona. Despertó con la sensación húmeda y espesa de la sangre corriendo por entre sus dedos, mientras que se descubre a sí mismo empuñado en su mano derecha una cuchilla. Una euforia le invade con vehemencia al descubrir que por fin había llevado a cabo su mayor pecado; lo cautiva absorto. Era un cadáver descuartizado a sus pies. Era el producto de sus desvariados y enfermos anhelos, pero cada mal tiene su precio y el sabía que iría a eso que llamamos averno, infierno, purgatorio, al mismísimo abismo de donde surgió la aberrante culpa de la cual cargaría toda su vida material y espiritual.
¿Realmente habría valido la pena condenarse a tal precio? Ya no existía marcha atrás. No podría ya enmendar aquella atrocidad, su destino seria fundirse en el infierno. Poco después callo en cuenta de que no había sido nada más que su deseo compulsivo plasmado en un sueño cuyo final le mostró, lejano al gozo, un gran arrepentimiento.



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